Durante siglos, el mundo utilizó una imagen estilizada del corazón para representar el lenguaje del amor. Sin embargo, la relación de este diseño con el sentimiento profundo es una travesía que nació mucho antes de la era digital.
Aunque hoy esta figura adorna tarjetas de regalo e inunda las redes sociales, lo cierto es que el diseño que la mayoría de la gente conoce guarda poca similitud con la anatomía humana. Para entender cómo este dibujo se convirtió en el icono máximo del afecto, es necesario retroceder miles de años.
En el Antiguo Egipto, la representación del corazón adoptó una forma más cercana a la versión anatómica del ser humano. Para esta civilización, el órgano era el centro de la existencia, ya que consideraban que en su interior se albergaban los pensamientos y sentimientos de las personas.
Siglos después, en la Antigua Grecia, el símbolo comenzó a aparecer con la forma que se conoce hoy. De acuerdo con un artículo de National Geographic, esta figura se plasmaba en monedas de Cirene, pero no como una metáfora del amor; por el contrario, representaba al silfio, una planta parecida al hinojo cuyas hojas y semillas tenían curvas simétricas y una punta inferior.
Finalmente, el diseño siguió evolucionando hasta que, a finales del siglo XV, se consolidó como un elemento decorativo en documentos y marcas de fábrica, abriendo el camino para su explosión como símbolo universal del romance.
Una de las referencias más populares de aquel momento fue una colección de alegorías de Christine de Pizán, conocida como ‘Las epístolas de Otea’, en la que hombres y mujeres le ofrecen sus corazones a Venus como una representación de su amor.
Hoy en día, este símbolo trascendió el papel, el arte e incluso la religión para convertirse en la pieza central de la comunicación digital.
Con la llegada de los emojis, el corazón no solo representa un sentimiento profundo, sino que diversificó su significado a través de colores y formas.
A pesar de que la ciencia desmitificó la idea de que las emociones se originan físicamente en este órgano vital, la cultura popular se niega a abandonar este icono.
Es por ello que su simetría y sencillez, más allá de ser fieles a la anatomía humana, se consolidaron como el único lenguaje que no necesita traducción, independientemente del idioma.

