La escalada militar entre Estados Unidos e Irán ha generado profundas consecuencias económicas y estratégicas a nivel global, trascendiendo el ámbito bélico tradicional para convertirse en un conflicto tecnológicamente avanzado. Como señala el prestigioso académico Niall Ferguson en su último artículo en The Free Press, el empleo de drones y la selección de objetivos mediante inteligencia artificial sitúan esta guerra como la primera de su tipo en la historia contemporánea. Tras diecisiete días de enfrentamientos, el cierre del estrecho de Ormuz representa la más grave amenaza al flujo energético mundial, provocando el alza abrupta de los precios del petróleo y del gas, y poniendo en jaque la estabilidad de la economía global. El último viernes, el Pentágono ordenó desplegar marines y buques de guerra para intentar reabrir la estratégica vía marítima.
La magnitud del riesgo se amplifica por el lugar central que ocupa el estrecho de Ormuz. Según datos aportados por Ferguson, antes del inicio de las hostilidades, esta ruta concentraba cerca del 20% del comercio mundial de petróleo y otro 20% del gas natural licuado. Además, los embarques provenientes del Golfo a través de Ormuz constituyen una proporción significativa en los mercados internacionales de aluminio, urea y helio.
El dilema actual tiene antecedentes históricos de gran relevancia. En la Primera Guerra Mundial, un bloqueo similar en los estrechos del Mar Negro —entonces conocidos como los Dardanelos— provocó un aumento del 95 % en el precio del trigo británico respecto al promedio 1904-1914. Esta crisis, documentada por el historiador Nicholas Lambert puso en aprietos no solo a Reino Unido, sino también a la Rusia zarista, que obtenía el 85% de sus ingresos extranjeros de exportaciones agrícolas y minerales a través de este corredor marítimo.
La experiencia británica en Gallípoli ilustra los peligros de subestimar tanto las consecuencias económicas como la resiliencia de los adversarios. Winston Churchill, entonces lord del Almirantazgo, ordenó sin consultar al gabinete la apertura de hostilidades contra Turquía tras el cierre de los Dardanelos el 27 de septiembre de 1914. El resultado fue un desastre militar: el 18 de marzo de 1915, la armada británica perdió tres de sus dieciséis buques capitales y otros tres resultaron inutilizados bajo el fuego otomano, obligando a un giro hacia una fallida ofensiva anfibia. Unas semanas después, el ataque fue detenido tras dejar alrededor de 30.000 bajas entre muertos y heridos, incluyendo más del 60% del contingente francés, y culminó con la evacuación a inicios de 1916.
El cierre de rutas estratégicas no solo afecta el acceso a recursos, también expone debilidades financieras de potencias dependientes de las exportaciones. En 1914, la caída del valor del rublo y la suspensión del patrón oro llevaron al gobierno ruso a buscar préstamos urgentes en París y Londres, abriendo flancos de vulnerabilidad que desembocaron en crisis políticas y redefiniciones de alianzas.
Ya en el siglo XX, la centralidad de los recursos energéticos se desplazó del trigo al petróleo. Durante la guerra entre Irán e Irak en la década de 1980, el flujo diario por el estrecho de Ormuz disminuyó notablemente. Sin embargo, una sobreoferta global de crudo y la guerra de precios de la OPEP impidieron que se disparasen los precios internamente, como explica Ferguson. En este contexto, la administración de Ronald Reagan buscó evitar una crisis petrolera directa. Solo accedió a intervenir después de que Irán se apoderó de la península de Al-Faw, lo que llevó a Kuwait a requerir protección para sus petroleros.
La operación estadounidense, denominada Earnest Will, implicó el escolta de más de 200 buques mercantes en un año. La intervención evitó mayores daños económicos, en marcado contraste con el fracaso británico en Gallípoli.
Diferencias sustanciales separan aquella coyuntura de la actual. Hoy, Estados Unidos actúa como beligerante directo y es visto como iniciador de la guerra en Irán. El desarrollo de drones económicos pero efectivos ha incrementado la capacidad iraní de obstaculizar el tráfico marítimo, y la situación geopolítica ha cambiado: China es actualmente el mayor importador mundial de petróleo, mientras que Estados Unidos, tras años de expansión del esquisto, se ha transformado en exportador marginal. En el primer trimestre de 2025, casi dos quintos del crudo que atraviesa Ormuz tenía como destino China.
El cierre del estrecho de Ormuz repercute especialmente en importadores destacados de combustibles fósiles y fertilizantes —entre ellos Europa, India, Japón, Corea y Taiwán—, y alienta un alza de ingresos para Rusia, que venía sufriendo por el bajo precio del crudo de los Urales. Ucrania también experimenta dificultades añadidas para obtener interceptores de misiles, dada la presión de los estados del Golfo sobre estos insumos críticos.
La actual crisis del estrecho de Ormuz revela complejidades adicionales, según señala el autor, porque China y Rusia podrían aprovechar el involucramiento estadounidense en Medio Oriente para avanzar sus propias agendas estratégicas. Ni la Unión Soviética logró capitalizar la situación en los años ochenta, pero la Alemania imperial sí lo hizo en 1915, desviando la atención británica del frente occidental.
Hoy, muchos analistas en la administración Trump consideran el frente iraní parte de una jugada de fuerza previa a la cumbre con Xi Jinping. Sin embargo, la fortaleza de las reservas petroleras estratégicas chinas —estimadas en 1.200 millones de barriles— reduce la vulnerabilidad de Beijing ante un corte parcial del suministro desde el Golfo.
El verdadero “gran cuello de botella”, advierte The Free Press, está en el estrecho de Taiwán. Más del 90% de los semiconductores avanzados y el 99% de los utilizados en inteligencia artificial avanzada se producen en la isla, que importa el 97% de su energía (petróleo, gas y carbón). Cualquier perturbación en este corredor superaría ampliamente, en importancia relativa, a la del estrecho de Ormuz.
China podría verse tentada a desplegar su guardia costera y exigir el control de aduanas desde la perspectiva de derecho internacional, imitando precedentes estadounidenses. Si Beijing revocase el estatus de “territorio aduanero separado” de Taipéi —como Washington lo hizo respecto a Hong Kong en 2020—, podría someter las exportaciones taiwanesas a sus controles.
En este escenario, la pregunta central que emerge, según Ferguson, es por cuánto tiempo permanecerá bloqueado el estrecho de Ormuz y hasta cuándo podrá mantenerse abierto el estrecho de Taiwán. La respuesta definirá no solo el futuro inmediato de la administración Trump, sino también la arquitectura del comercio internacional y el equilibrio de poder mundial. Y es así como una guerra concentrada aparentemente en un lugar se vuelve global.

