Hoy es un buen día para decirlo. El Four Seasons de la Ciudad de México se llenará de gente que quiere tomar riesgos, invertir. Invertir en serio.
A ellos les digo: me gusta, pero no quiero mezcal de Oaxaca, y de Celaya tampoco quiero cajeta. De ambas ciudades quiero un avión, hecho en México. Por mexicanos. Ambos ya fueron probados.
¿Podemos avanzar hacia riesgos de mayor altura? ¿Pueden hacerlo esos despachos que administran dinero de millonarios, los family offices de mexicanos?
Es difícil arrancarse los prejuicios. ¿Quién relaciona a Oaxaca con la producción de aeronaves? Eso es del Bajío o de Chihuahua, que tampoco destacan por construir sus propios aviones.
Pero Raúl Fernández hizo la apuesta en Oaxaca Aerospace, la empresa que preside, y ahora espera vender sus aviones en unos tres millones de dólares por unidad. Podría competir con los North American Aviation T-6 Texan, aviones militares cuyos costos empiezan en unos cinco millones.
Es difícil saber cuánto dinero le costó exactamente a Fernández llegar a este punto. Estimaciones divulgadas por medios hablan de unos 30 millones de dólares invertidos.
Unos 30 millones para llegar al Pegasus P-400T, presentado como prototipo en la Feria Aeroespacial de México (FAMEX) del año pasado.
¿Qué ofrecen las aeronaves de esta compañía?
Una autonomía de cinco horas para recorrer unos mil 600 kilómetros a más de 200 nudos. Casi 400 kilómetros por hora. La promesa es que este año estén a la venta.
¿Algún miembro de la AMEXCAP pondría su dinero en esta empresa? Es capital de riesgo.
Si el negocio falla, pierden todo. Si funciona, podrían multiplicarlo.
En teoría, la AMEXCAP agrupa precisamente a los mexicanos que buscan esas oportunidades. Es la Asociación Mexicana de Capital Privado, que hoy y mañana celebrará su Cumbre 2026 en la Ciudad de México.
La agrupación no se ha caracterizado por asumir riesgos. Típicamente, sus miembros optan por inversiones relativamente seguras, como los inmuebles, aunque generen rendimientos modestos.
Pero su presidente, Pablo Coballasi, lanzó esta semana una convocatoria: “Invertimos (juntos) en el futuro de México”, tituló un escrito en el que destaca también el llamado de la presidenta Claudia Sheinbaum y su Plan México. Por incitaciones no paramos.
Ahora falta el dinero.
La cuestión es poner capital en compañías que quieran romper las cosas. Sea Oaxaca Aerospace o Horizontec, otra empresa mexicana que ya puso un avión en el mercado.
La compañía de Giovanni Angelucci y Eduardo Carrasco, de Celaya, Guanajuato, desarrolló el Halcón 2.1 y sorprendió recientemente al secretario de Economía, Marcelo Ebrard.
Es el primer avión deportivo ligero diseñado y fabricado en México con certificación de la AFAC. Un hito en la industria aeroespacial nacional.
México pelea hoy el lugar diez entre los productores aeronáuticos del mundo. Hace 20 años no figuraba en ese negocio.
Pero puede ser que a ustedes, inversionistas, no les guste esta industria. También puede ser que no crean que esta vez el gobierno realmente quiera apoyar las inversiones.
Lo verdaderamente riesgoso es que México se quede sin gente que apueste por la disrupción, por la verdadera deep tech: en alimentos, en energía, en medicinas.
Entonces terminaremos pagando precios altos, con bajos rendimientos y bajos salarios, simplemente porque no dimos el brinco.
En estos días incluso Chetumal apuesta a la industria aeronáutica, con Zenith, presidida por Guillermo Romero.
Pero llegó con capital de Houston y emiratí, y al inicio atenderá aeronaves de Canadá. No podemos esperar que, salvo por los salarios, las ganancias de ese negocio se queden en México.
Por eso importa poner dinero mexicano en México.
Por eso importa la cumbre de la AMEXCAP que empieza hoy en el Four Seasons.
