Era una fría y soleada tarde de invierno. Se paró frente a la cámara, sobre el verde césped de la cancha de Racing. Se presentó. Fútbol de Primera, la idea que Carlos Ávila había tenido en 1985, cambiaba de pantalla después de cinco temporadas. El campeonato de 1989/90 ya no tenía el logo multicolor de ATC, sino la paloma blanca de Canal 9 Libertad. Con la mudanza a los mágicos dominios del Zar, Alejandro Romay, en su palacio de Gelly y Obes hubo renovación. Mauro Viale, tentado por los amplios e inhóspitos horizontes que le abría el Canal 7 del recién asumido gobierno de Carlos Menem, cerró su etapa de relator deportivo, esa que marcó con su estilo de tono monocorde, goles cantados rápido y breve, con una fórmula automatizada (“Gol de Boca, Comas, Boca 1-River 0, ¡Co-mas!”) y el simpático “Muevo yo, Mauro”, con el que el jugador que daba el puntapié inicial también abría el resumen del partido de la fecha.
“Con la responsabilidad de ocupar el lugar de un estupendo profesional, como lo es Mauro Viale…”, decía un Marcelo Araujo de camisa blanca y campera negra, con el pelo largo, rebelde a una calvicie ya avanzada, ese domingo 13 de agosto de 1989. Un reconocimiento eterno al amigo, al flaco con el que, más de 30 años antes, habían ido pedirle nada menos que a José María Muñoz un lugar en la mítica La Oral Deportiva, de Radio Rivadavia. Cuenta la leyenda que fue en ese encuentro con La Voz de América que esos dos chicos de Villa Crespo se presentaron con los nombres por los que los conocerían millones de argentinos en las décadas siguientes. Mauricio Goldfarb fue “Mauro Viale”, por la calle en la que vivía (Luis Viale). Lázaro Jaime Zilberman fue “Marcelo Araujo”, apellido inspirado en un corredor de autos, según contó alguna vez. Precauciones tomadas en una Argentina donde el antisemitismo era mucho mayor del que se quería reconocer. Más para, en el caso de Lázaro, el hijo único de un matrimonio polaco que había escapado del horror nazi.
“… Y estar al lado del mejor periodista deportivo de la Argentina, que es Macaya Márquez”. Marcelo Araujo tenía nombre propio y con peso en la Patria periodística. Cronista y relator de La Oral Deportiva, fue protagonista del Sport 80, tira de Radio Mitre que, en retrospectiva, fue un dream team periodístico: Araujo y su socio eterno, Fernando Niembro; Adrián Paenza, Diego Bonadeo, Néstor Ibarra y, a partir de 1981, un uruguayo que cruzó el charco para hacer historia en la radiofonía argentina: Víctor Hugo Morales. “Una de las personas que me ayudó a salir de Uruguay en un momento difícil y venir a vivir más de cuatro décadas en la Argentina”, lo recordó este lunes el Relator de América.
En tele, Araujo también era conocido por Todos los goles, programa de televisión que, los domingos a la noche, antes de la existencia de F1ª, fue un clásico para ver uno y cada uno de los gritos de cada fecha. Quedó, desde entonces, en el plantel estable de Canal 9, donde relató los partidos ocasionalmente emitidos por esa pantalla. Hasta la llegada del buque insignia de Torneos y Competencias. Y, con él, la necesidad de un nuevo tripulante que acompañe a Macaya.
Porque Macaya, en ese entonces, no era Macaya. Era “Enrique Macaya Márquez”, un nombre ya grabado en bronce. El comentarista de fútbol por excelencia. El que había transmitido todos los mundiales desde Suecia ‘58. El arquetipo de profesionalismo y seriedad frente a un micrófono para explicar un off-side, una definición, un cambio, un pifie o, simplemente, narrar una repetición, con la solvencia de un catedrático.
Araujo lo ablandó. Lo convirtió en El Tatele, el contrapeso ideal para el equilibrio y complementariedad que tienen las duplas memorables. Porque fue eso -si no, la más- lo que conformaron Araujo y Macaya. Una marca registrada; el dúo que contó, explicó y convirtió al fútbol en un show televisivo. En especial, a partir de 1992, cuando Fútbol de Primera pasó a Canal 13 (“No me pidan que cabecee”) y, sobre todo, de 1995, año inaugural de la era del Clásico de la fecha exclusivo los domingos para suscriptores (ya había un codificado los viernes, desde 1991). Dueños de la pelota y también del rating, coronados con el Martín Fierro de Oro en 1998.
“¿Eso fue penal o estoy crazy, Macaya?”. “¡Lo que te devoraste!”. “¿Hoy mojás o no mojás?”. “Shut-up”. “¡Mirá, mirá, mirá…!”. “Estoy cagado”. Latiguillos que hoy son frases de uso popular y dieron color a relatos intensos, precisos y, ante todo, entretenidos. Licencias que se tomaba alguien que gozaba de una voz privilegiada y que, en radio, donde fue más periodista que relator, ostentaba un florido manejo del idioma. Algo paradójico para quien, en sus inicios, intentó copiar a un relator español que apenas mencionaba el apellido del jugador que tocaba la pelota y se limitaba a un aséptico “gol” -seco, neutro, sin pasión- en cada anotación.
Marcelo Araujo fue ingenioso para apodar, riguroso para nombrar -autor de gol con nombres y apellidos completos- e inventivo para improvisar (“Setecientos setenta y seis mil cuatrocientos veinte pesos la recaudación para esta nueva edición del Superclásico del fútbol argentino… ¡Martiiiiiínnnn!... ¡Gooooooool!”). Labró miles de relatos de autor, que marcaron una era. Curiosamente, una que empezó sin goles: 0-0 entre Racing y Talleres, esa tarde de 1989 en el Cilindro.
El River de Passarella. El de “Yamón”. El Boca de Tabárez. El glorioso campeón de todo de Bianchi. El San Lorenzo del Bambino. El Vélez del Virrey. El Newell’s de Bielsa. El Independiente de Brindisi. El del Tolo Gallego. El Racing de Mostaza. La Selección, de Italia ’90 a Corea-Japón 2002. Quince años de fútbol argentino tuvieron su voz, hasta que un litigio con Torneos le apagó el switch a mediados de 2004. Él volvió a encenderlo en 2009, como cara -y coordinador general- de Fútbol para Todos. Menemista en los ’90, kirchnerista en la Década Ganada; peronista de toda la vida. Su paso por FpT fue el canto del cisne. Ya era mito viviente. Todos los que lo siguieron quisieron ser él.
La crónica dice que Lázaro Jaime Zilberman falleció, en la madrugada de este lunes 16 de marzo de 2026, en una clínica de Vicente López, donde estaba internado por un cuadro de neumonía. Justo el día que su amigo Carlos Bilardo, a quien tanto defendió en los ‘80, cumplió 88 años. Como si no hubiese querido más, después de una última década -Covid incluido- dura en muchos sentidos. Parafraseando a su álter ego en la noche del 11 de diciembre de 1992, cuando, en la vieja cancha de Independiente, dejó el micrófono en plena transmisión después de que Luis Adrián Medero dejó a Boca en el umbral de un título con una histórica apilada contra Platense: “Basta para mí. Señoras y señores, buenas noches”.
