Mucho antes de que Otto Scharmer se convirtiera en economista, profesor de la escuela de Administración y Dirección de Empresas del MIT y fundara el Presencing Institute, este hombre, de hoy 65 años, vivió en una granja alemana donde aprendió una lección que se convirtió en una fuente de inspiración para todo lo que vino después en su carrera.
“En la granja donde crecí, mis padres cambiaron la agricultura tradicional por una regenerativa. Allí aprendí que la calidad de cualquier cosa que crece sobre el terreno depende de la calidad del suelo. Cuando uno es un agricultor regenerativo, toda la atención está puesta en mejorar ese suelo”, recordó este jueves, desde el escenario de un auditorio de la Facultad de Económicas de la Universidad de Buenos Aires.
Con el tiempo, destacó en su charla, la idea de poner el foco en el terreno se convirtió en una metáfora para pensar los sistemas sociales:
“Hoy hago algo parecido, pero el campo sobre el que trabajo es el campo social, que también tiene dos capas: los sistemas observables —las instituciones, las políticas, las decisiones— y el suelo social, que son nuestras relaciones, nuestra conciencia colectiva. La calidad de lo que crece en la sociedad depende de la calidad de ese suelo”, explicó.
Frente a un público de cerca de 300 personas —mayormente educadores, pero también agentes de cambio, alumnos, activistas locales y organizaciones referentes de innovación social—, Scharmer expuso un diagnóstico sobre el momento actual del mundo y el impacto que este escenario tiene particularmente en los jóvenes. La charla se dio en el marco de un seminario de participación ciudadana organizado por diversas organizaciones, titulado “El futuro que nos llama. Campos de transformación en la Argentina”.
Según el académico, hay tres grandes temas que atraviesan hoy las conversaciones en todo el mundo. “El primero es que vivimos en un momento de disrupción, no de transición. Algo está terminando y algo nuevo está comenzando”, explicó.
El segundo es una fractura social cada vez más profunda. “No estamos viendo solo fragmentación. Estamos viendo cómo algo que antes estaba unido se está despedazando. Esa fractura se manifiesta en la polarización, en comunidades que se rompen en grupos cada vez más pequeños, perdiendo la capacidad de conectarse y de generar sentido en común”, explicó.
El tercer elemento es la irrupción de la inteligencia artificial, que según Scharmer, obliga a repensar la forma en que entendemos la inteligencia humana.
“La inteligencia artificial es brillante reconociendo patrones, conectando información existente y combinando conocimientos. Pero solo trabaja con lo que ya conoce. No puede conectarse con patrones emergentes del futuro”, sostuvo.
Frente a ese escenario, y para poder conectar con una visión a futuro, planteó que las sociedades necesitan reequilibrar tres tipos de inteligencia: la inteligencia artificial, la inteligencia orgánica, vinculada con la capacidad humana de construir vínculos y comprender al otro, y una tercera dimensión más profunda.
“La llamo inteligencia de la fuente: la capacidad de conectarnos con lo que quiere emerger en el futuro. No se trata solo de reorganizar los patrones del pasado, sino de inclinarnos hacia los futuros posibles que están tratando de aparecer”, explicó.
Con el fin de explicar el momento actual y el por qué no estamos pudiendo conectar estas 3 inteligencias, Scharmer proyectó una imagen representativa de la metáfora del iceberg. “Solo el 11% del iceberg es visible. Pero el 89% permanece bajo el agua”, señaló.
En la superficie aparecen síntomas que hoy se repiten en todo el planeta: crisis ambientales, desigualdades crecientes, violencia social y deterioro de la salud mental. Scharmer los define como parte de una “policrisis”, es decir, un conjunto de crisis interconectadas que no pueden resolverse de manera aislada.
Según explicó, los líderes y agentes de cambio no pueden limitarse a reaccionar ante lo que se ve en la superficie, sino que deben comprender las dinámicas más profundas que producen esos resultados.
Para él el fenómeno más profundo, la parte sumergida del iceberg, es una “división espiritual”: una separación entre lo que somos hoy y lo que podríamos llegar a ser. “Hay una distancia entre el ‘yo’ actual y el ‘yo’ más grande: la persona en la que podríamos convertirnos, nuestro potencial”, explicó.
Esa desconexión, afirma, se expresa en una pandemia global de desesperanza, especialmente visible entre los jóvenes. “Soledad, ansiedad y problemas de salud mental están creciendo en todo el mundo”, dijo.
A su juicio, las redes sociales y los algoritmos contribuyen a profundizar ese fenómeno al amplificar el miedo, la polarización y el odio. Y hay un factor todavía más profundo: lo que llama la ilusión de la insignificancia: “Muchas personas sienten que el mundo es tan complejo, tan caótico y tan grande que lo que hagan no va a hacer ninguna diferencia. Entonces se preguntan: ¿para qué actuar?”, explicó.
Sin embargo, los datos muestran una paradoja. “El 68% de las personas en el mundo dice haber perdido la sensación de que puede actuar colectivamente para cambiar las cosas. Pero al mismo tiempo, casi la misma proporción asegura que le gustaría ser parte de una historia diferente para el futuro, incluso si eso implicara sacrificar parte de sus ingresos. Eso significa que hay muchas intenciones positivas a nivel individual”, sostuvo.
El problema entonces, postuló, es la falta de estructuras que permitan transformar esas intenciones en acción. “Es un fracaso institucional masivo. Un fracaso del liderazgo y también de la educación. Hay algo roto que no está funcionando”, afirmó.
Frente a ese diagnóstico, Scharmer propone un cambio que parece simple pero que, según sostiene, puede ser profundamente transformador: modificar la forma en que las personas se escuchan entre sí.
Esa idea está en el centro de su conocida Teoría U —ganadora del Premio Leonardo de Aprendizaje Corporativo de la UE por las contribuciones al futuro de la gestión (2016)—. Se trata de un marco conceptual que busca ayudar a individuos y organizaciones a conectarse con futuros posibles en lugar de repetir patrones del pasado.
El proceso implica tres movimientos principales: observar, sentir y actuar. El primer paso consiste en salir de la propia burbuja y escuchar con mente abierta. El segundo implica conectar con preguntas más profundas: quién soy y cuál es mi tarea. El tercero es la acción, o lo que Scharmer llama “agencia”.
El proceso puede resumirse en tres palabras: atención, intención y acción. “La calidad de los resultados que obtenemos depende de la calidad de nuestra atención”, afirmó. De acuerdo al académico, el verdadero cambio social no depende solo de nuevas ideas o instituciones, sino del lugar interno desde el que las personas se escuchan.
Para explicarlo, Scharmer distingue cuatro niveles de escucha.
“En cada momento tenemos la posibilidad de operar desde estos distintos niveles —concluyó—. El desafío es abrir la mente, abrir el corazón y soltar lo viejo para permitir que algo nuevo pueda aparecer”.

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