Primer campeón argentino de surf y padre del mejor polista de todos los tiempos, despliega una vitalidad impactante: navega, vuela, practica kitesurf y rinde cuPrimer campeón argentino de surf y padre del mejor polista de todos los tiempos, despliega una vitalidad impactante: navega, vuela, practica kitesurf y rinde cu

“La edad no es un límite, es un paisaje que se atraviesa”: los increíbles 80 de Adolfo Cambiaso

2026/02/28 11:02
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En el norte de Brasil, donde vive parte del año, lo llaman El Inmortal. Suele ser el más veterano en el mar de Paracurú, donde navegan expertos del kitesurf. “A mi edad, la mayoría están retirados”, dice. Allá pocos conocen su historia. No saben que fue el primer campeón argentino de surf, que se recibió de abogado y trabajó como escribano, que fundó la primera escuela de polo de Sudamérica o que aprendió a volar. Tampoco saben que es padre del mejor polista de todos los tiempos.

Adolfo Cambiaso (el quinto Adolfo Cambiaso de su familia) tiene 80 años. Y no se detiene. Dice, con cierta sabiduría, que hace un tiempo comprendió que el movimiento es vida. “Ya sea en el agua, andando a caballo, sosteniendo una vela inflada por el viento, haciendo un swing con el palo de golf o manejando un motor eléctrico, el movimiento es vida. Por eso es que nunca me retiré de nada, sigo haciendo todo lo que puedo. Creo que la edad no es un límite, sino un paisaje que se atraviesa”, asegura.

En 2001 descubrió el kitesurf y nunca lo dejó

La otra mitad del año, Adolfo vive en Uruguay. En Manantiales, frente al mar, sobre una playa que los surfistas llaman La Punta Cambiaso. Con Irene Baya Casal, su compañera desde hace más de una década, comparte la pasión por el deporte. Es vecino de Cristiano Rattazzi y fue, durante años, compañero de salidas (con el kite, claro) de Eduardo Costantini. ”Yo sigo igual, solo que más lento”, cuenta.

Cultiva un bajísimo perfil. No suele dar entrevistas, mucho menos para contar su propia historia. Por lo general, le preguntar por su hijo. Y, desde hace un tiempo, por sus nietos, que también van camino a convertirse en cracks del polo. Sin embargo ahora, en una distendida charla con LA NACION, Adolfo Marcelo Cambiaso, desanda su vida. Empezamos por el principio, por su hogar.

En Uruguay, donde vive la mitad del año, sale casi todos los días con su tabla de Stand Up Paddle

-¿El deporte estuvo siempre presente en tu casa?

-Sí. Era parte de mi vida crecí dentro de una familia donde el deporte no era un pasatiempo, era un idioma.

-¿Quién influyó más en vos?

-Mi madre, Mónica Delia Rodríguez, fue una gran nadadora. Su récord en los 100 metros libres era menor que el de Jeannette Campbell, medallista olímpica de 1936. Hubiese ido a los Juegos Olímpicos, pero mis abuelos no se lo permitieron, era muy joven para salir del país. Una lástima, no tengo ninguna duda que, si hubiese participado se traía la medalla, era buenísima.

-¿Heredaste de ella el espíritu competitivo?

-Sí. Mi padre jugaba muy bien al golf, pero la intensidad deportiva venía de mi madre. Esa renuncia forzada, el no ir a los Juegos Olímpicos, quedó flotando en mi casa como una herida silenciosa.

Con sus padres, Adolfo Bartolomé y Mónica Delia Rodríguez

-¿Vos también nadabas?

-Sí, desde muy chico. Nadé siempre. Competí y Gané. Empecé en el colegio.

-¿Dónde estudiaste?

-Estudié en el Lincoln School, en el Saint Andrew’s y, finalmente, en el Colegio Nacional Buenos Aires, donde me recibí de bachiller. El Saint Andrew´s era muy exigente, con una disciplina casi militar. Tenía una pileta de natación extraordinaria, donde gané varias carreras mientras estudiaba. La natación me dio también algunos privilegios, como cursar algunas materias freelance, por los entrenamientos. Yo encontré el eje de mi vida en el agua.

-¿Cómo definirías tu juventud?

-Muy movida, una juventud salvaje. De mucho surf, haciendo monoesquí en Punta del Este, participando en regatas junto al exnovio de mi madre... y, fuera del agua, con un palo de golf en la mano.

En Manantiales, 1970: Adolfo Cambiaso, Marcelo Cambiaso y Diego Fernández

-¿El golf cuándo aparece?

-Desde chico. Entrenaba en el Club Hindú y competía en juveniles junto a Monzi Leiguarda, hoy es un destacado neurólogo argentino.

-¿Eras competitivo también en el golf?

-Sí claro. A los 16 o 17 años llegue a 4 de hándicap. Siempre me gustó competir, está en mi esencia.

-¿Pensaste en dedicarte al golf en algún momento?

-No (ríe). Pero no por falta de talento, si no por exceso de intereses. Me gustaban muchas cosas al mismo tiempo. Soy muy disperso. Además del surf, el monoesquí y las regatas, también esquiaba mucho con mis primos, los Rodríguez.

-Pero hay un deporte que se impuso en tu vida, y no es el polo.

-Claro, el surf. Es un deporte que siempre me apasionó. Recuerdo que con el Tano Pugliese y Jorge Azulay, amigos y compañeros de facultad, manejábamos hasta Mar del Plata, surfeábamos en el Torreón, y volvíamos en el día. Salíamos a la madrugada y volvíamos bien entrada la noche. Teníamos un Fiat 1100 en el que viajábamos doce horas para estar seis horas de mar. Éramos jóvenes.

-¿Cómo eran esas salidas?

-Sin nada: sin trajes modernos, sin leash (correa elástica que conecta la tabla de surf a la pierna del deportista), sin pronósticos de olas y sin excusas. Cada salida era una aventura.

-Tenés un récord increíble: sos el primer campeón argentino de surf.

-Sí, lo gané en 1967, con 22 años, en Mar del Plata. Y tres años después gané el primer campeonato de surf de Punta del Este. Me gustaba competir, pero solo si tenía posibilidades de ganar. Si creía que no iba a ganar, no competía. Por esa razón, un tiempo después, me bajé de las competencias. Pero nunca me bajé de la tabla: el surf sigue siendo parte de mi vida, pero sin podios.

1967, Mar del Plata. Se consagra primer campeón nacional

-¿El golf volvió en algún momento?

-Sí, cuando me mudé a Punta del Este, en 1996. Me anotaba en todos los campeonatos. Sabía que podía ganarlos y, de hecho, lo hice: en 2009 gané el scratch del Cantegril y al año siguiente, en 2010, gané el campeonato de 0 a 9 de hándicap. Pero al golf, como otros deportes en mi vida, nunca lo practiqué en un plan profesional. Fue y sigue siendo una forma de moverme y de competir cuando tenía sentido.

-Se cuenta como leyenda que vos, junto a un grupo de amigos, bautizaste a dos de las playas más populares de Punta del Este: Montoya y Bikini. ¿Cómo fue eso?

-En esa época éramos muy pocos los surfistas, estábamos casi siempre en La Hoya, en la Parada 4 de La Brava. Entonces decidimos buscar nuevas playas, creíamos que más allá tenían que existir mejores lugares que La Brava. No existían todos estos puentes y rutas que hay ahora para ir hacia el norte... Nos subimos a un Fiat 600 y nos largamos a la aventura, a descubrir playas “vírgenes”. Y con el Tano Pugliese y Jorge Azulay teníamos una especie de regla no escrita: el que surfeaba la primera ola le ponía el nombre a la playa. No teníamos mapas ni referencias. Tampoco la intención de dejar huella, de ser “los descubridores”. Solo nos importaba encontrar las mejores olas.

-¿De dónde surgen los nombres Montoya y Bikini?

-Yo tenía una tabla que había pertenecido a Joe Montoya, un surfista internacional. Como agarré la primera ola, me tocó elegir el nombre de la playa y le puse Montoya. Y así quedó. Un poco más al norte, El Tano Pugliese agarró una ola perfecta, la primera, y bautizó a esa playa con el nombre de su bronceador: Bikini.

-Justamente, elegiste vivir frente a Bikini. Y los surfistas también se inspiraron en vos para bautizar el lugar.

-Sí, a la playa que está frente a mi casa la llaman La Punta Cambiaso.

-Pese a tu fanatismo por el deporte, nunca dejaste los estudios.

-Estudié Derecho. Empecé en la UBA, mientras entrenaba boxeo, el deporte más exigente que practiqué, pero me recibí en la Universidad del Salvador. Me recibí primero de abogado y después de escribano. Inmediatamente supe que no era mi camino... El escritorio iba a ser mi sustento por un tiempo, pero no mi destino. Heredé el Registro 19 de Avellaneda y ejercí como escribano. Pero mi pensamiento siempre estuvo en el agua, en el viento, en el movimiento.

-Sin embargo, viviste un período fuera del agua, con los pies en la tierra... o en el aire.

-Todo cambió cuando conocí a Martina de Estrada. Ella tenía dos hijos de un matrimonio anterior. Y juntos tuvimos a Dolfi y Camila.

-¿Ese fue un punto de inflexión en tu vida?

-Sí. Mudarme al campo nunca estuvo en mis planes. Yo odiaba el pasto y los mosquitos... Pero la vida me propuso un cambio y le volví a decir que sí.

-¿Te costó la adaptación?

-No, me adapte rápido. En el campo, para no aburrirme, encontré un nuevo deporte: el polo. Primero como juego, luego como pasión.

-Descubriste el polo de grande. ¿Cuándo empezaste a jugar?

-Creo que a los 30, una edad tardísima para cualquier aspirante profesional. Pero aun así tuve 4 goles de hándicap, un logro extraordinario e inusual.

-¿Te sorprendió llegar tan lejos?

-No pensaba en eso. Solo jugaba. En ese recorrido fundé la escuela La Martina Polo Ranch, pionera, para extranjeros. Poco después, sin buscarlo, mi hijo llamó la atención del mundo del polo y se convirtió en el mejor jugador de todos los tiempos.

Comenzó con el polo a los 30 y tuvo 4 de hándicap

-En el campo también te formaste como piloto de avión.

-Fui piloto entre 1977 y 1998. Y el polo tuvo mucho que ver: despegaba en Cañuelas y aterrizaba en Pilar para ver partidos de polo.

En el campo se convirtió en piloto de aviones

-¿Por qué volabas?

-A mí me encantaba volar porque ahí arriba no hay demoras. Algunos decían que era una extravagancia, pero para mí era una cuestión de carácter. Soy un tipo que no sabe quedarse quieto esperando que las cosas pasen: yo quiero que pasen ya. El avión era la herramienta para que mi impaciencia no me volviera loco. No era un capricho, era mi forma de ser libre.

-¿Era distinto volar en esos años?

-Sí. Todo era más libre: se volaba sin radares estrictos, sin controles complejos... Y yo, que odiaba esperar, encontraba en el aire mi paz.

-Algunas amistades no necesitan explicación ni épica: simplemente están. Entiendo que con Cristiano Rattazzi te une un vínculo especial. ¿Desde cuándo son amigos?

-Desde hace muchos años. Hicimos windsurf y esquiamos juntos. También volamos, compartimos viajes, deportes y largas temporadas de vida activa. No como excepción, sino como costumbre. Durante muchos años alquiló mi casa en Punta del Este, hasta que encontró el lugar para construir su propia casa. Hoy es mi vecino en Manantiales, tenemos las terrazas pegadas. Todos los años vemos juntos el Abierto de Palermo. Es como una cábala, nos sentamos juntos y comentamos todo el partido, nos reímos y sufrimos a la vez. También debo decir que, en un momento clave, gracias a El Tano y a su secretaria, estoy vivo.

“Me salvó la vida”

Adolfo hace una pausa. Cuenta que en 2020 atravesó un cáncer de vejiga agresivo que lo obligó a someterse a una cirugía muy compleja. Lo hizo y todo salió bien. Le dijeron que, desde el punto de vista médico, no necesitaba someterse a nuevos controles inmediatos. Continúa Cambiaso: “Entonces, de la nada, me llama Lili, la secretaria de Cristiano, y me dice que me había conseguido un turno para hacerme un PET (estudio de diagnóstico por imágenes de medicina nuclear). Yo pensaba que no hacía falta, pero como tenía el turno fui igual. Ese estudio permitió detectar a tiempo que aún tenía un ganglio con cáncer. Solo por ese compromiso, para no fallarles a Lili y a Cristiano, nada más, me hice el estudio. Yo pienso que me salvó la vida”.

-También te tocó estar del otro lado: fuiste vos quien socorrió a Eduardo Costantini en 2003 cuando sufrió un brutal accidente practicando kite surf en Punta del Este.

-Fue uno de los momentos más fuertes de mi vida. El viento estaba muy fuerte, pasaba de 10 a 30 nudos. Estaba peligroso y pedí que no navegaran. Eduardo Costantini y Gabriel Dicio se metieron al agua con kites muy grandes, creo que de 14 metros, que son los que no responden rápido, y mucho menos cuando hay rachas fuertes. Los kites de antes eran menos seguros que los de ahora...

-¿Qué fue lo que pasó?

-Una ráfaga levantó a Eduardo y lo desplazó contra las piedras, contra las que golpeó con mucha fuerza. Sufrió lesiones graves. Tuvo la suerte de que, al caer, se cortó una de las líneas del kite: eso evitó que siguiera siendo arrastrado. Lo asistimos entre mi hermano Marcelo, Nicolás Carri y yo. Llamamos a un servicio de ambulancias que llegó rápido y lo acompañé al hospital. Estaba muy grave, tenía cinco de presión... Por suerte todo terminó bien y la historia quedó como un recuerdo fuerte para todos.

-¿Te gusta contar esa historia?

-No. Pero por suerte la podemos contar. Y terminó bien.

-Hoy, a los 80, seguís en el mar.

-Sí, pero cambié el surf por el paddle surf porque me permite agarrar olas. En el mar la competencia es permanente y contra surfistas más jóvenes no tengo chance. El paddle tiene muchas ventajas: no tenés frío, ves las olas antes, no te cansás remando como en el surf y agarrás muchas más olas. Es adictivo. Si no hago “la calesita”, me aburro.

Con su tabla de eFoil, una de sus nuevas pasiones

-¿Qué es “la calesita”?

-“La calesita” es un circuito continuo: agarrar una ola, volver rápido al punto de quiebre y entrar enseguida en la siguiente. Te mantiene en movimiento constante, cero esperas. La paciencia no es una virtud para mí, nunca lo fue.

-¿Probaste otros deportes nuevos? Están de moda el wingfoil y el kitefoil.

-Probé con el wingfoil, pero la artrosis de rodillas no me ayuda. Me gustaría hacer kitefoil, pero en condiciones poco riesgosas. A mi edad no quiero golpearme... Lo que nunca dejé fue el kitesurf, que practico en Punta del Este y en Brasil desde 2001, sin faltar un solo año. Pero me aburro si lo hago todos los días.

-Vivís persiguiendo el sol y la ola perfecta.

-Desde hace más de diez años vivo entre Manantiales, algún lugar de Brasil y cualquier lugar del mundo donde haya olas, siempre junto a Irene Baya Casal, mi gran compañera, también amante del viento, del agua, del deporte y de la vida simple. En Paracuru (al norte de Brasil, más allá de Natal), donde navegan los veteranos del kite, me llaman “El Inmortal”. No es un chiste. Para esos deportistas mayores, quizá yo represente el límite superior de lo posible. Si sigo a los 80, navegando, volando y aprendiendo, pienso que ellos también pueden aspirar a llegar a hacer los mismo. O parecido.

Con su mujer, Irene Baya Casal, comparte la pasión por el deporte y la vida sana

“Tenemos una vida fabulosa”

El testimonio de Irene Baya Casal, la mujer de Adolfo Cambiaso: “Tenemos una vida fabulosa. Nos admiramos mutuamente y somos muy compañeros. Tenemos muchos amigos. Yo soy masculina en mi forma de ser, entonces, en un grupo de hombres encajo bien. Él es una persona que nunca te censura, me acepta como soy. No es celoso. Me siento súper afortunada de estar a su lado, por que soy libre pero a la vez estoy acompañada. Brasil lo rejuvenece 20 años. Primero, porque socializa un montón, y segundo, porque hace deporte todos los días. Todos los días. Es impresionante. Él no se da cuenta, podría haber llegado a cualquier lado, pero lo que tiene Adolfo es que con el tiempo se aburre y quiere hacer otra cosa. Pero todo lo que hace lo hace bien. Hacer este deporte a los 80 años... Es muy agresivo. Hay 30 nudos de viento y entra al mar con un kite seis, con la tabla dura y artrosis en las rodillas, él con un estilo como si tuviera veinte años, ¿viste? Tiene un cuerpo impecable, parece un chico de 20 años. Adolfo no bajó de estatura, o sea, tiene la misma estatura a los 80 años, no se achicó. Y eso que, generalmente, la gente se achica. Yo lo veo en la bicicleta y parece de cuatro años, no parece un hombre de 80. Porque está derecho: es eterno. Impresionante"

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