Camina solo, saluda a Lucas Martínez Quarta, su último capitán, y luego a los árbitros antes de darles la espalda a los jugadores, arracimados en la mitad de la cancha. Y entonces se va, bañado en el último “¡Muñeeeco, Muñeeeco!” de la noche, golpeándose el escudo de River en el saco, la frente arriba, saludando con la mano derecha, lejos de los futbolistas. Se pierde en las bambalinas del estadio y la ovación deviene silbatina estruendosa, nítida, que hace foco en los que acaban de ganarle 3-1 a Banfield, una victoria testimonial.
El Monumental divide su propio mundo en culpables, ellos, y disculpado, él. No inocente, seguro que no, si se atiende este momento: siempre al conductor le caben las mayores responsabilidades. Y ni hablar si se mira en perspectiva este fracaso estentóreo, que reventó las legítimas ilusiones que se habían despertado en su regreso. Pero la última imagen es fuerte. Se trata de la escena definitiva, brutal, que cierra sin metáforas el segundo ciclo de Marcelo Gallardo como entrenador de su River. El club y el mito se dan la mano, él vuelve a posarse en la estatua, pero ya no hay deudas que saldar. Reina sí una mezcla de tristeza, desencanto y gratitud. Mejor, que cada uno siga su camino y vuelva a empezar por su lado.
La bandera, flamante, tapa otras. Son unos 30 metros de tela blanca con letras rojas escritas en letras mayúsculas: “QUE LA NOTICIA NO TAPE LA HISTORIA. GRACIAS ETERNAS MUÑECO Y CUERPO TÉCNICO”. Marcelo Gallardo no la puede leer: está ubicada en la platea San Martín alta, justo la que está a su espalda, detrás del banco de suplentes que preside por última vez. La idea marida bien con el ambiente que se respira en el Monumental, en una noche especial.
La noticia, su renuncia, no se discute demasiado, después de una espiral de derrotas, pesadez en el vestuario y un juego en constante descomposición, igual que luce el color desabrido del césped. Pero los más de 85 mil que están aquí no confunden presente con pasado: la gratitud se expresa a cada paso. Como en el final del emotivo video que el club le dedicó antes del partido, coronado con una frase del protagonista: “Mí vínculo con River es para toda la vida”, se escucha su voz. Y brota el primer “¡Muñeeeco, Muñeeco!” de los nueve que atronarán en una jornada larga y extraña.
Las razones menos ventiladas de este adiós son motivo de especulación desde que el lunes a la noche su voz temblorosa lo anunció. Pero si los gestos dicen, la formación titular que eligió Gallardo para su despedida fue una declaración: adentro los jóvenes Lautaro Rivero, Facundo González (debutante), Ian Subiabre y Joaquín Freitas, que le dieron contenido a un equipo que arrancó con ocho futbolistas surgidos del club; a ellos se sumaron en el segundo tiempo Agustín Ruberto y Santiago Lencina, dos más de la casa. En el banco estuvieron sentados Paulo Díaz, Marcos Acuña, Facundo Colidio y Kevin Castaño -entre otros grandecitos que se pasaron la noche mirando-, que encabezaron el ranking de reprobaciones del público; en ese tren estuvo también el titular Driussi, silbado incluso luego de haber anotado un gol, el primero de un delantero en 2026: Salas, contra Racing en octubre, había sido el último antecedente.
El contraste es nítido. Gallardo cosecha aplausos; la mayoría del plantel, silbidos e insultos. Pero la suma del todo concluye en una resta: con estos actores y con los anteriores, estos 18 meses estuvieron dominados por la intrascendencia, la falta de una identidad reconocible, la marca en el orillo que patentó el técnico en sus años dorados aquí. No solo no logró títulos, contra los 14 de la primera etapa: ni siquiera compitió con reales posibilidades de alcanzarlos.
La ambivalencia recorre el transcurso del partido. Cuando Martínez Quarta, capitán, abre el marcador con un cabezazo, corre a abrazar al entrenador, que lo palmea y lo devuelve a la cancha. Ironías: el gol llegó en una jugada de pelota parada, uno de los flagrantes déficits del River marca Gallardo en ataque y defensa. Cuando Banfield alcanza el empate, ya en el descuento del primer tiempo, asoma el desencanto, otra vez: todos los partidos, incluso este ante un desvalido Banfield, se parecen más al tránsito por una calle poceada y autos estacionados en doble fila que a un plácido viaje por una autopista vacía.
Tras el encuentro, Gallardo entregó un mensaje sencillo: “Voy a ser muy breve. Simplemente, agradecer. Gracias a la gente sobre todo, por una noche más de amor incondicional. Retribuir todo ese cariño a veces es muy difícil. Gracias a ustedes [por los periodistas] por el respeto que han tenido para conmigo. Sobre todo la mayoría de los que ha estado acompañándome en estos dos ciclos”, comenzó el ya exDT de River. Y agregó: “Y a River decirle que mañana tal vez estaré buscando a mi hijo al colegio acá. No me voy a despedir. Esas son las cosas que tiene este lugar mágico. Uno se va pero no se va nunca. Voy a estar muy pendiente de lo que pase en este club el tiempo que esté afuera. Le deseo de todo corazón a este club, a este plantel y a esta dirigencia que se pueda reponer para lo que viene”.
En todo el partido, el hombre más mirado va desde la contemplación en silencio, con las manos en los bolsillos, al grito con fuerza del segundo gol, sobre todo. Se lo adivinó muy conmovido al ingresar, abrazado largamente por Pedro Troglio, antes de saludar a cuatro niños y sentarse en el banco.
Cuando empezó la segunda etapa, la sensación de “otra vez la misma historia” que se había instalado con el gol del empate se disipó pronto, de un modo curioso; Gallardo no estaba en la cancha cuando empezó el segundo tiempo, ingresó cuando iban 12 segundos, solo, apenas 30 segundos antes de que Driussi anotara su gol, el del 2-1. Vino entonces uno de los momentos más sentidos: después del grito, el estadio entero entonó “Olelé, olalá, Gallardo es de River, de River no se va”, un dejo nostálgico que, más que un deseo, expresaba un sentimiento de pertenencia recíproco. Lo cuentan los datos: llegó al club cuando tenía 12, para jugar en las infantiles, y se va ahora cuando acaba de cumplir 50. En el medio, entre todas sus idas y venidas como futbolista y entrenador, nunca pasó más de cuatro años lejos del escudo. Y la mitad de su vida la vivió aquí. Nadie conoce el futuro, aunque sería un milagro que no vuelvan a cruzarse. Aquí, en esta noche distinta, quedó sembrada esa semilla.

