Durante décadas, la falta de equidad en ciencia fue leída como un problema de acceso: quiénes pueden estudiar, investigar, publicar, decidir. Todo eso sigue sieDurante décadas, la falta de equidad en ciencia fue leída como un problema de acceso: quiénes pueden estudiar, investigar, publicar, decidir. Todo eso sigue sie

La deuda de la ciencia con las mujeres

2026/02/10 11:15
Lectura de 3 min

Durante décadas, la falta de equidad en ciencia fue leída como un problema de acceso: quiénes pueden estudiar, investigar, publicar, decidir. Todo eso sigue siendo cierto y urgente. Sin embargo, hay otra deuda menos visible y más estructural: qué preguntas se hacen, desde qué cuerpos, con qué experiencias y con qué supuestos se produce el conocimiento científico.

La ciencia moderna se desarrolló bajo una matriz androcéntrica. No solo porque estuvo protagonizada mayoritariamente por varones, sino también porque construyó al “ser humano” como sinónimo de varón adulto, blanco, heteronormativo, sano y productivo. Ese sesgo no es anecdótico, sino que define prioridades, metodologías, variables de análisis y, sobre todo, determina qué entra en el radar y qué queda afuera.

Los ejemplos sobran. Muchas personas consultaron por cambios en su ciclo menstrual tras la vacunación contra el Covid-19 y la ciencia no supo qué decir, porque nadie había formulado preguntas al respecto. Más allá del laboratorio, los sistemas de seguridad vial se diseñaron durante décadas tomando como referencia pesos, alturas y distribuciones corporales masculinas, con el consiguiente mayor riesgo de lesiones graves en accidentes de tránsito para las mujeres, no por un problema de “biología femenina”, sino de conocimiento construido desde un único cuerpo posible.

Investigar sin mujeres –o sin perspectiva de género– es una decisión epistemológica con grandes consecuencias: enfermedades más frecuentes en mujeres poco estudiadas; infertilidad masculina históricamente subinvestigada; anticoncepción pensada casi exclusivamente sobre los cuerpos gestantes; tareas de cuidado invisibles en las políticas de salud. Lo que no se pregunta no se mide y parece no existir.

Vale aclarar que no alcanza con que haya más mujeres haciendo ciencia si la ciencia sigue formulando las mismas preguntas de siempre. Esto es, la mirada de género no viene dada por el sexo de quien investiga, sino por la capacidad de cuestionar supuestos, ampliar variables y reconocer la diversidad de experiencias humanas. También las mujeres podemos reproducir una ciencia androcéntrica. El sesgo es estructural.

Por eso, hablar de mujeres y niñas en la ciencia implica revisar cómo estamos construyendo el conocimiento y preguntarnos qué modelos de éxito se reproducen, qué carreras se valoran, qué disciplinas se jerarquizan y cuáles se desprecian. No es casual que las ciencias sociales y las humanidades –claves para pensar impactos, contextos y dimensiones éticas– hayan sido históricamente relegadas como “blandas”, del mismo modo en que lo femenino fue considerado secundario frente a lo productivo.

A esto se suma que, en áreas STEM, las mujeres ganan en promedio cerca de un 30% menos que sus pares varones. La brecha salarial, la menor visibilidad y el llamado “efecto Matilda” –la sistemática subvaloración de los aportes de las mujeres– golpean trayectorias individuales y restringen qué ciencia se puede hacer y quién puede sostenerla.

Ante esto, las instituciones científicas, las universidades y el Estado tienen el rol indelegable de generar situaciones reales de equidad, financiamiento, reconocimiento y participación en los espacios donde se toman decisiones. Mirar a las niñas en la ciencia es habilitar preguntas, legitimar la curiosidad, quitarle miedo al error y al ridículo. Es construir una ciencia menos punitiva y más colectiva.

Si la ciencia no incorpora la diversidad de cuerpos, experiencias y miradas, termina reproduciendo la desigualdad y condicionando el saber. Ampliar el campo de quiénes preguntan y desde dónde lo hacen, lejos de ser una concesión política, resulta una necesidad científica justa y urgente.

Médica especialista en medicina familiar en el Hospital Italiano, magister en Efectividad Clínica y lic. en Ciencias Sociales; dra. en Ciencias de la Salud. Coordinadora del Centro de Investigación en Ciencias Sociales y Salud de la Universidad Hospital Italiano

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