Vero Cher no parece una jubilada y nadie diría que es viuda. Cuando entrena cada mañana en el gimnasio, no es fácil advertir que, detrás del entusiasmo que emana al repetir secuencias y rutinas de peso, se esconde una pena enquistada en el alma.
A sus 56 años, esta ex docente de educación especial, profesora de niños hipoacúsicos, que llegó a ser directora de la misma escuela donde inició su profesión a los 18 y que gestionó recursos pioneros en el área de discapacidad, como la revista de referencia Atrapasueños, se animó a dejar atrás una forma de vida para ir hacia adelante con proyectos que jamás hubiera imaginado. Por ejemplo: publicar su primer libro, estudiar teatro, escribir dramaturgia y subirse al escenario; encontrar un nuevo amor, irse de viaje a Europa sola y empezar a dar clases en el gimnasio al que va desde hace años.
“Es como si estuviera viviendo una segunda vida y apuesto a eso, teniendo en cuenta que mi familia es muy longeva”, elabora nuestra protagonista.
Pero para llegar hasta esa suerte de epifanía, tuvo que atravesar una experiencia dolorosa, una de esas letanías en las que los días y los meses van transcurriendo mientras el cuerpo funciona en piloto automático y las emociones oscilan entre la esperanza y la incertidumbre.
Fue un año, aunque el tiempo en estos asuntos, es una categoría insuficiente para medir la duración de la espera. Cuando es un ser querido, el compañero de toda tu vida; la parte de tu alma que completa tu identidad quien se debate entre la vida y la muerte, los días transcurren con un ritmo diferente, muy alejado de las horas y minutos que marca el reloj.
Acompañar a un ser querido mientras una enfermedad letal avanza implica un desgaste silencioso que atraviesa el cuerpo, las emociones y trastoca las coordenadas de tiempo y espacio que hasta ese momento ordenaban la vida. Agendas, rutinas, planes y horarios, todo se desacomoda. A Vero Cher, le tocó enfrentar ese desafío, como suele sucederle a la mayoría de las personas, cuando menos lo esperaba. No estaba preparada.
Marcelo fue diagnosticado con melanoma en 2017, cuando por insistencia de Vero accedió a consultar al dermatólogo para que le revisara un lunar. Lo operaron y los estudios dieron buenos resultados: el tumor estaba localizado y fue extirpado por completo. Durante cinco años los controles fueron tranquilos, hasta que en abril de 2022 se detectó un segundo melanoma que esta vez había desarrollado metástasis, es decir, que el cáncer de piel había reaparecido y se había extendido hacia otras partes del cuerpo. Fue entonces cuando la enfermedad dejó de ser algo que ocurría solo en el cuerpo de Marcelo y se transformó en un asunto de toda la familia.
Vero comprendió que su modo de encarar los desafíos que se venían tendría un impacto directo en sus hijos. “Si yo no me levantaba, mis hijos no iban a poder estar paraditos como están hoy”, entendió. Esa certeza se volvió especialmente clara cuando la evolución de la enfermedad llegó a su etapa final.
Durante una consulta con una terapeuta familiar, a la que asistieron ella y sus tres hijos —Marcelo estaba internado—, la profesional les preguntó cómo estaban viviendo la situación con su papá. Los chicos, en cambio, llevaron la conversación hacia otra preocupación. “¿Están preocupados por su mamá?”, inquirió la psicóloga. Vero levantó la vista, sorprendida. “No era por eso que estábamos acá”, pensó. Pero los tres hijos dijeron que sí.
Comprendió algo central: los hijos no sólo se enfrentaban a la angustia de ver que la salud de su papá se deterioraba cada día, que la lucha por momentos se hacía insoportable, sino que su otro sostén emocional, su mamá, parecía distanciarse de ellos, ya no era la misma. Podían entenderlo pero lo sufrían. “Encima de lo que les tocó vivir siendo tan chicos, perderme a mí era mucho”, reconoció. “Eso no lo puedo permitir”, se dijo. Aunque estaba atravesada por un cansancio constante —tan profundo que necesitó medicación—, empezó a buscar formas concretas de ganar fuerzas para poder sostener a la familia.
“Empecé a tomar espacios para mí, a recuperar espacios chiquititos, nada ambicioso. Momentos mínimos para encontrar calma, ese ratito propio: cinco minutos al sol, apoyar los pies sobre el pasto, prepararme algo rico para comer, mirar una serie. Cosas muy simples, de esas que uno hace habitualmente y a las que no siempre les da valor.”, cita.
Vero reconoció que todo eso era muy poderoso: media hora de café con una amiga o con un amigo, una siesta corta y su diario íntimo. " Fueron esas cosas las que me dieron muchísima valentía —o mejor dicho, energía— para poder estar bien parada, para acompañar a Marcelo y, sobre todo, para afianzarme yo misma y así poder sostener a mis chicos.”, enumera Vero.
El apoyo de quienes los rodeaban fue constante. Vero pertenece a una familia y a un círculo muy sociable, con vínculos fuertes y afectuosos. “Tenemos mucha gente que nos quiere”, dice, y cree que cada persona encontró su propia manera de acercarse y estar presente.
A medida que recorría ese camino y también para encontrarle sentido—, en medio de internaciones hospitalarias y tratamientos invasivos, comenzó a escribir una bitácora íntima donde fue dejando registro de lo que acontecía y no sería fácil de recordar en un futuro.
En un cuaderno ponía palabras a lo indecible, eso que surgía en su alma y que por entonces no se atrevía a expresar en voz alta: las sensaciones del cuerpo agotado, las emociones contradictorias, los conocimientos que nunca hubiera elegido aprender, los partes médicos, las dudas ante decisiones difíciles que sólo ella debía tomar, la vida cotidiana de sus hijos.
Gracias a esas páginas, al releerlas tiempo después, descubrió que no había recorrido el trayecto en soledad. A su alrededor se había tejido una red invisible pero poderosa de familiares y amigos que estuvieron presentes brindando apoyo.
Hubo amigas que se ocuparon de lo cotidiano: “me llenaban la heladera o me hacían las compras”. Otras simplemente iban a acompañarla en silencio, a compartir una comida sin necesidad de palabras, en momentos en los que hablar resultaba imposible. También los chicos recibieron contención: sus amigos, las familias de esos amigos, todos se fueron acercando. “Fue mucha contención”, resume.
Al principio, Vero asumió por completo el cuidado de Marcelo. Sentía que nadie podía acompañarlo de la manera en que ella lo hacía, hasta que tuvo que reconocer que esa exigencia la estaba agotando. Con el tiempo, decidió permitir que la mamá, la hermana y su cuñado se sumaran al cuidado. “Me costó muchísimo delegar.”, reconoce, pero también entendió que estaba perdiendo fuerzas y que necesitaba recargarse.
Ese paso, el de confiar en las personas que le ofrecían su ayuda, resultó sanador. La familia política acompañó a Marcelo con mucho amor y cariño, y Vero pudo tomar momentos de descanso breves, pero reparadores, como un rato más en la cama o mirar el techo en silencio. Mientras tanto, la vida continuaba pidiéndole gestión: ella seguía siendo mamá y también la responsable de llevar adelante el ritmo de la casa, pagar las cuentas, hacer las compras, resolver las tareas de todos los días.
Sus amigas armaron grupos de WhatsApp para turnarse y escribirle a diario pero sin superponerse para no saturarla de mensajes. “Eso fue hermoso”, recuerda. Mensajitos, visitas inesperadas, pequeños regalos sorpresa. “Recibí muchísima contención”, dice, y reconoce que todo ese cuidado la sostuvo y le hizo muy bien.
No fueron grandes decisiones, sino pequeños gestos. “Espacios chiquititos”, titula: cinco minutos al sol, apoyar los pies en el pasto, prepararse algo rico para comer, mirar una serie, encontrarse media hora a tomar un café con alguien querido. “Empecé a darles valor a todas esas pequeñas cosas”, dice.
Durante las largas horas en terapia intensiva, se fue formando algo inesperado: una familia improvisada entre quienes esperaban. Vero lo nombra así y lo dejó escrito en su libro. “Éramos siempre los mismos”, recuerda. Ella estaba ahí por su marido; otros, por sus hijos; otros, por sus padres. Todos compartían la misma vigilia, presentes día tras día, con una constancia casi ritual. Entre ellos se fue tejiendo una red de contención, a veces el acompañamiento era silencioso; otras, necesitaba palabras, llanto, desahogo. “Ya nos mirábamos la cara y sabíamos si nuestro ser querido había tenido o no un buen día”, dice. Con algunos de ellos, incluso hoy, sigue en contacto.
Algo similar ocurrió en el centro donde Marcelo estuvo internado. Allí también compartían sus historias, miedos y la esperanza de ver a su familiar de vuelta en su casa. Muchos conocieron la historia de Vero y de Marcelo, y ella conoció las de los demás. “Fue fundamental para mí escuchar y contener, y también ser contenida”, señala y resume: “Nadie cuida solo”.
Hubo días en los que otros familiares de pacientes internados estaban peor que ella, y días en los que era ella quien necesitaba ser escuchada y abrazada. En ese contexto el intercambio de gestos de aliento -una mirada, un mano en el hombro, un café- hacían la diferencia. También manifiesta que espera haber sido refugio para otros. “Espero haber sido puerto seguro para quienes me necesitaron en ese momento”, reconoce porque aprendió que el dolor no se repartía de manera pareja.
Para Vero, atravesar una experiencia límite también modificó su manera de mirar a los demás. Ahora entiende que uno nunca sabe qué batallas están librando las personas con las que nos cruzamos a diario. “A veces podemos ser agresivos o intolerantes”, admite. Por eso, cuando camina por la calle y siente el impulso de decir algo ante una actitud ajena, se detiene. Piensa que esa persona tal vez esté atravesando su propia lucha, una que ella desconoce. “En su momento, esa persona fui yo, y me hubiese gustado una sonrisa en vez de una cara de desaprobación”, reconoce.
No hay remedios para el duelo, la ausencia es un peso pesado de cargar cuando lo que deja es un vacío de amor. Vero y sus hijos aprendieron algunos trucos para seguir adelante honrando la vida, pero sin detenerse en el pasado.
Si viviste alguna experiencia crítica que renovó tus esperanzas, te dio una nueva perspectiva de la vida, te gustaría darla a conocer o creés que tu historia puede inspirar a otros escribí a historiaslanacion@gmail.com


