WASHINGTON.– En repetidas ocasiones durante los últimos dos días, el presidente Trump volvió a su argumento central para justificar su decisión de atacar a Irán, y hacerlo en este momento de la historia. Teherán estaba al borde de conseguir un arma nuclear, insiste el presidente, y la usaría primero contra Israel y luego contra Estados Unidos.
“La usarían en una hora o en un día”, dijo Trump el lunes.
En realidad, escuchar a Trump en los últimos días es oír a un presidente que está debatiendo si ordenar la mayor misión contra Irán de todas: incautar o destruir el material nuclear cercano al grado necesario para una bomba, que se cree está almacenado en gran parte bajo una montaña en Isfahán.
Sería, bajo cualquier criterio, una de las operaciones militares más audaces y arriesgadas en la historia moderna de Estados Unidos, mucho más compleja y peligrosa que el operativo para matar a Osama bin Laden en 2011, o capturar a Nicolás Maduro de su cama a principios de enero. Nadie sabe con certeza dónde está todo el combustible. Si los contenedores que lo almacenan se perforan, el gas que escape sería tanto tóxico como radiactivo. Si los contenedores se acercan demasiado entre sí, existe el riesgo de una reacción nuclear acelerada.
Como lo expresó su propio secretario de Estado, Marco Rubio, hace unas semanas ante el Congreso, esta es una operación que solo podría lograrse si una fuerza comando recibe la orden de “entrar y tomarlo”. Trump dijo a los periodistas el martes que las operaciones terrestres no le preocupaban.
“No le tengo miedo a eso”, dijo. “No le tengo miedo a nada”.
Trump está claramente considerando la operación, que hace unas semanas dijo que solo intentaría si el Ejército iraní estaba “tan diezmado que no pudiera combatir a nivel terrestre”. El lunes, respondió con irritación a un periodista que le preguntó si ahora estaba listo, diciendo que “si algún presidente respondiera esas preguntas, no debería ser presidente”.
Pero es el propio Trump quien sigue reflexionando sobre el problema de terminar la guerra antes de que el problema esté resuelto. Matthew Bunn, especialista nuclear de Harvard, señaló que si Trump se detuviera ahora “dejaría un régimen debilitado pero resentido, posiblemente más decidido que nunca a fabricar una bomba nuclear –y aún con el material y gran parte del conocimiento y el equipamiento necesarios para hacerlo”.
Así, un presidente que hizo poco para preparar a la opinión pública estadounidense para el ataque a Irán ahora suena como si estuviera emitiendo advertencias diarias en caso de que decida incautar la principal reserva de combustible nuclear de Irán.
Al volver una y otra vez sobre la amenaza nuclear, Trump está exagerando la rapidez con la que el material almacenado bajo tierra puede convertirse en un arma. Dijo a periodistas en el Despacho Oval el martes que Irán estaba “a un mes” de poder fabricar un arma nuclear antes de que él bombardeara tres sitios nucleares en junio de 2025. (Expertos señalan que, si bien Irán podría haber enriquecido ese material hasta grado armamentístico en un mes, habría tomado meses, quizá un año, construir un arma rudimentaria).
De hecho, antes de que estallara la guerra el 28 de febrero con el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel, la mayoría de los funcionarios de inteligencia decía no ver un riesgo inminente de que Irán avanzara rápidamente hacia una bomba. Esto quedó subrayado el martes con la renuncia de Joe Kent, director del Centro Nacional de Contraterrorismo, quien argumentó en una carta que “Irán no representaba una amenaza inminente para nuestro país”.
Satélites estadounidenses y otros sistemas de inteligencia estaban monitoreando los principales sitios de almacenamiento nuclear del país, y afirmaban tener confianza en que detectarían señales claras si los iraníes intentaban recuperar el combustible de los túneles subterráneos y avanzar hacia una bomba.
Ahora, sin embargo, la situación ha cambiado. Tras 18 días de bombardeos por parte de Estados Unidos e Israel, que eliminaron gran parte de su capacidad misilística convencional, el material nuclear se ha convertido en una de las últimas líneas de defensa de Irán.
“Desde su perspectiva, lo necesitan más que nunca”, dijo George Perkovich, investigador senior del Carnegie Endowment for International Peace. “Y probablemente estaban preparados para protegerlo”.
Perkovich, autor de How to Assess Nuclear Threats in the 21st Century, afirmó que, dado lo bien que los iraníes parecen haber planificado su respuesta al ataque estadounidense e israelí, Estados Unidos debería asumir que hicieron lo mismo con los sitios donde almacenan su combustible nuclear.
“Los iraníes entienden que Israel y Estados Unidos quieren destruir este material o retirarlo”, dijo. “Así que presumiblemente hay muchos contenedores señuelo; cuando las fuerzas especiales bajen allí, en lugar de unos 20 contenedores podría haber cientos o miles. Van a hacer muchas cosas para complicar la tarea de cualquiera que intente obtenerlo”.
Estados Unidos lleva años planificando este tipo de operaciones, desde que creó unidades de fuerzas especiales entrenadas en materia nuclear que practican desactivar armas, destruir centrífugas y manipular material nuclear.
Estas operaciones están envueltas en secreto, por lo que incluso preguntas básicas –como si Estados Unidos volaría los contenedores de material nuclear o intentaría sacarlos del país– reciben silencio o ninguna respuesta.
Del mismo modo, no está claro si Estados Unidos intentaría una operación discreta y minimalista, como la de Bin Laden, o si Trump ordenaría un gran despliegue de tropas de protección y cobertura aérea. Y lo más probable es que Estados Unidos tuviera que inspeccionar varios sitios distintos en busca del material.
“Aunque gran parte está en Isfahán, debemos asumir que no todo está allí”, dijo Bunn. Parte podría estar en túneles en un lugar informalmente llamado “Pickaxe Mountain”. Y otra parte podría estar en las instalaciones de enriquecimiento destruidas en Fordo y Natanz.
Las complicaciones son tan grandes que podrían llevar al gobierno de Trump a reconsiderar una propuesta que Abbas Araghchi, ministro de Relaciones Exteriores de Irán, puso sobre la mesa el mes pasado, en los días previos al ataque. Irán, dijo, estaba dispuesto a diluir todo el material nuclear en su poder hasta niveles aptos para reactores nucleares, bajo inspección del Organismo Internacional de Energía Atómica. Pero no permitiría que el material saliera del país: debía permanecer en Irán, bajo supervisión.
Los dos negociadores estadounidenses, Jared Kushner, yerno del presidente, y Steve Witkoff, su enviado especial, rechazaron la idea, afirmando que bajo ninguna circunstancia Irán podía conservar reservas de combustible nuclear. Ofrecieron una alternativa: Estados Unidos suministraría a Irán uranio de bajo enriquecimiento, apto para reactores de energía, de forma permanente y gratuita, según dos personas familiarizadas con las negociaciones.
Araghchi rechazó la propuesta. Hubo conversaciones sobre una nueva reunión, pero quedaron truncas por el ataque conjunto estadounidense–israelí en la madrugada del 28 de febrero.
Pero todas las guerras terminan en algún momento, y en cualquier futura negociación de alto el fuego podría surgir otra oportunidad para negociar el destino del material nuclear. El acceso de Estados Unidos para obtener ese combustible –y quizás retirarlo o diluirlo– podría formar parte de un acuerdo. Pero por ahora no hay indicios de que se esté negociando activamente una salida.


