En un contexto de retracción del consumo interno y reconfiguración económica, las empresas con capacidad de exportar han decidido no replegarse, sino acelerar hacia los estándares globales. Los datos son contundentes: en 2025, 75 compañías aplicaron a la Certificación de Empresa B, lo que refleja un incremento del 36% respecto al año anterior, marcando un máximo histórico y posicionando al país como el líder en aplicaciones de América Latina.
La tendencia no solo se mantiene, sino que cobra escala global en 2026. En lo que va del año, 58 empresas ya han iniciado su proceso, situando a la Argentina como el segundo país con más aplicaciones del mundo, superado únicamente por el Reino Unido y dejando atrás a potencias como Brasil, Estados Unidos y Canadá.
Para Marina Arias, directora Ejecutiva de Sistema B Argentina, este fenómeno responde a una mezcla de “convicción y misión de futuro”. Ante la inminente actualización de los estándares de certificación en marzo (que serán más exigentes), las empresas argentinas han optado por la “contraventura”: acelerar para no perder mercado.
“Ser Empresa B hoy se convirtió en una herramienta de competitividad enorme. Es una puerta para entrar a distintos países; en el acuerdo MERCOSUR-Unión Europea, hay un capítulo central sobre sustentabilidad. O entrás con estos estándares, o te quedás afuera”, explicó Arias a El Cronista.
Esta “puerta” no solo beneficia a quienes exportan directamente. La presión de la cadena de valor hace que grandes corporaciones exijan a sus proveedores locales cumplir con estos parámetros. “Aunque no le vendas a Europa, le vendés a alguien que sí lo hace, y la cadena te mide”, señaló la ejecutiva.
El ecosistema de Empresas B en Argentina es cada vez más diverso. En 2025, certificaron 56 nuevas empresas, destacándose gigantes de capital nacional como La Anónima, y subsidiarias globales como McCain Argentina.
En lo que va de 2026, ya son 11 las nuevas certificaciones, con hitos significativos. Entre ellos, Arias mencionó a HIT Cowork, la red de espacios de trabajo que formaliza su ADN de impacto social y ambiental; Proma, la primera empresa de la industria automotriz en certificar en el país y, reforzando el compromiso en sectores clave de la economía, se destaca Agro de Souza y Grupo Santa Elena.
Para Uri Iskin, CEO de HIT, la certificación es una decisión estratégica: “No es solo un sello; implica revisar procesos y asumir el compromiso de crecer considerando a todos los actores: personas, comunidad y ambiente”.
El crecimiento del movimiento B también está impulsado por un relevo generacional. Líderes de entre 40 y 50 años en empresas familiares ven en la sustentabilidad la única forma de garantizar un legado a largo plazo. A esto se suma un consumidor más consciente que, aunque afectado por la crisis, empieza a distinguir entre el precio y el valor real de lo que compra, considerando el impacto ambiental y social.
Argentina demuestra así una resiliencia particular: ante la incertidumbre, sus empresas eligen el camino de la transparencia y la responsabilidad, entendiendo que para ser rentables en el futuro, primero deben ser sustentables hoy.
Uno de los motores invisibles pero más potentes detrás del boom de aplicaciones en Argentina es la perspectiva del acuerdo comercial entre el Mercosur y la Unión Europea (UE). Con las nuevas normativas ambientales de Europa (como el Pacto Verde y la debida diligencia en las cadenas de suministro), la certificación B se posiciona como el “pasaporte” necesario para cruzar el Atlántico.
En ese sentido Arias hizo un punteó de los puntos que generan expectativa en el comercio con el viejo continente:
El fin de la exportación “a ciegas”: El acuerdo incluye capítulos específicos de Desarrollo Sostenible. Esto implica que los productos argentinos —especialmente los provenientes del agro, la industria textil y la vitivinicultura— serán observados bajo una lupa ambiental y social.
La Certificación B como atajo burocrático: Según explicó, muchas empresas como las bodegas (ya hay cerca de 10 certificadas en el país), utilizan el sello para simplificar el ingreso. Presentar la certificación B ante un comprador europeo suele eximir a la empresa de completar interminables formularios de auditoría individuales, ya que el sello B Lab ya valida esos estándares con rigor internacional.
Efecto Cascada: Incluso las PyMEs que no tienen el radar puesto en Bruselas se ven traccionadas. Si una gran exportadora argentina quiere venderle a la UE, deberá demostrar que toda su cadena de proveedores cumple con parámetros de impacto positivo. Así, el acuerdo funciona como un imán que alinea a toda la estructura productiva local con las exigencias del primer mundo.
“Hoy, el sello B es una llave. En la práctica, no tenés forma de que un mercado tan exigente como el europeo te reconozca como una empresa de impacto si no hay un aval tercero que lo certifique”, subrayó Marina Arias.
