Una semana después del ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, el conflicto dejó de ser un episodio lejano para convertirse en un factor que ya altera decisiones económicas, expectativas financieras y cálculos políticos en buena parte del mundo.
El problema ya no es solo militar o diplomático. Es, de nuevo, energético. Y cuando la energía entra en zona de riesgo, la economía global entera empieza a resentirlo.
La razón es conocida, pero su magnitud en este episodio resulta extraordinaria. El estrecho de Ormuz sigue siendo uno de los grandes cuellos de botella del sistema económico mundial: por ahí transita alrededor del 20 por ciento de los embarques mundiales de crudo —más de 14 millones de barriles diarios— y una porción similar del comercio global de gas natural licuado. Cuando esa vía entra en riesgo, el mercado deja de pensar en estabilidad y comienza a poner precio a la interrupción.
Eso ya ocurrió con fuerza inusual. El WTI cerró el viernes en 90.90 dólares por barril —su mayor ganancia semanal en la historia del contrato de futuros, desde 1983— y el Brent en 92.69 dólares. Barclays ya contempla un Brent en 120 dólares si el conflicto se prolonga, y Goldman Sachs advierte que los 100 dólares podrían llegar en cuestión de días si los flujos por Ormuz no se normalizan.
Pero el petróleo es apenas la primera capa.
El gas puede convertirse en un golpe aún más corrosivo, especialmente para Europa y Asia. Qatar es el mayor exportador individual de GNL (gas natural licuado) del mundo, con más de 75 millones de toneladas anuales. Esta semana, QatarEnergy declaró fuerza mayor tras los ataques iraníes sobre sus instalaciones en Ras Laffan y Mesaieed, suspendiendo sus obligaciones contractuales de entrega. El precio de referencia europeo se disparó 69 por ciento en la semana y el marcador asiático JKM subió 68.5 por ciento.
Esos movimientos reabren una vulnerabilidad que parecía contenida desde 2022: la de economías que dependen de energía importada cara para mover su industria y su generación eléctrica.
La última señal disponible al cierre de esta edición apunta, sin embargo, a una normalización incipiente: Bloomberg reportó que Qatar cargó sus primeros embarques de GNL tras la declaración de fuerza mayor, lo que sugiere que la interrupción podría ser parcial. Pero el daño al mercado ya está hecho, y la incertidumbre seguirá pesando.
La consecuencia macroeconómica más temida es la estanflación. El economista en jefe del Banco Central Europeo, Philip Lane, advirtió que una guerra prolongada empujaría la inflación al alza y debilitaría el crecimiento.
Un análisis previo del Banco Central Europeo estima que un aumento permanente de esta magnitud en los precios energéticos podría restar 0.1 puntos al crecimiento y añadir hasta 0.5 puntos a la inflación. Eso, en un contexto donde el banco ya tenía poco margen de maniobra. ING, incluso en un escenario base relativamente contenido, ya retrasó su previsión de un recorte de tasas de la Fed.
Hay además un canal menos visible, pero igual de dañino: la logística.
Las tarifas de los fletes de buques de GNL brincaron más de 40 por ciento y distintas navieras han comenzado a trasladar recargos significativos al transporte de contenedores. A ello se suma el impacto sobre fertilizantes, de cuyo comercio mundial una parte importante cruza por Ormuz. Cuando suben al mismo tiempo energía, fletes y fertilizantes, la presión llega a alimentos, químicos, manufacturas y márgenes empresariales. El golpe deja de ser sectorial y se vuelve transversal.
El país más expuesto entre los grandes mercados emergentes es India: cerca del 41 por ciento de sus importaciones de GNL provenían de Qatar. Su ajuste será costoso y acelerado. Para los mercados asiáticos en general, la búsqueda de volúmenes alternativos en un mercado global ya tensionado será inflacionaria y competitiva.
Estados Unidos llega mejor parado que casi todos los demás. Su condición de mayor exportador de crudo y mayor productor de GNL del mundo le otorga un doble amortiguador: menor exposición al shock y capacidad real para sustituir a Qatar en parte del mercado europeo y asiático. Eso no significa inmunidad —el consumidor estadounidense resentirá combustibles más caros—, pero sí marca una diferencia fundamental frente a economías que dependen del Golfo para su energía.
Y es justamente ahí donde aparece México, con una ventaja relativa que no debe subestimarse ni sobrevalorarse.
Por el lado positivo, México se beneficia de su integración con la economía estadounidense y de su acceso a gas natural barato vía ductos desde Texas. El gas Henry Hub rondó los 3 dólares por millón de BTU esta semana —contra los 17 del europeo y los 15.5 del asiático— lo que representa una ventaja competitiva real para la manufactura de exportación intensiva en energía y para la generación eléctrica.
En un mundo donde Europa y Asia compiten desesperadamente por GNL spot, México opera con un amortiguador que sus principales rivales manufactureros no tienen.
Además, la mezcla mexicana de exportación ya superó los 70 dólares por barril, generando ingresos fiscales inesperados en un momento en que el gobierno necesita margen.
Por el lado negativo, la exposición de México es real y no trivial. El país importa más del 75 por ciento del gas natural que consume desde Estados Unidos, dependencia que ya mostró sus riesgos en episodios anteriores. Y si el conflicto enfría el crecimiento estadounidense o endurece más tiempo las condiciones financieras globales, México lo resentirá por la vía comercial, cambiaria y de inversión.
Los indicadores a vigilar en los próximos días son precisos: la reapertura efectiva del tránsito por Ormuz, la velocidad con que Qatar reanuda exportaciones, el comportamiento del Henry Hub ante la demanda adicional de exportaciones de GNL desde Texas, y la respuesta de la Fed ante una inflación que complica de nuevo su trayectoria.
La volatilidad energética no respeta planes de negocios ni fronteras. México puede estar mejor colocado que otros, pero eso no es una garantía: es una oportunidad que se puede aprovechar con disciplina operativa, cobertura de riesgos y lectura fría del entorno.
El trabajo ahora no es esperar a que el conflicto se resuelva, sino prepararse para operar en él.


